Los 10 mejores generales de la antigüedad ¿Quién fue el mejor?

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La historia de la humanidad, está repleta de guerras y ejércitos comandados por generales que participaron en ellas, pero los grandes generales que participaron en la edad antigua (periodo comprendido entre el 4000 a.C. con el nacimiento de la escritura, y el 476 d.C., con la caída del imperio romano), merecen un renglón aparte. Es en esta era cuando Sun Tzu, un general, estratega y filósofo chino, escribió la obra maestra «El arte de la guerra», una época en la que la guerra era una parte más de la vida, se utilzaron ejércitos de tal tamaño, que obligaba a participar prácticamente a toda la población de los bandos en contienda, ya sea combatiendo o bien como apoyo logístico.

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Hay batallas libradas en este largo periodo de la humanidad, que todavía son objeto de análisis y estudio tanto por historiadores, como por las academias militares más prestigiosas, Maratón, Cannas, Issos, Gaugamela, las Termópilas, entre muchas. Para las personas que vivieron en la edad antigua, la decisión era simple, si defendías lo tuyo, sabías que el invasor podía esclavizarte, obligarte a pagar tributo, quitártelo todo o matarte, no te ibas a ir de rositas si tu bando perdía, para los atacantes, gloria, fama, estatus, riqueza, que más daba si morías en combate, quizás era mejor así que esperar una muerte agonizante por enfermedad, cuando la esperanza de vida rondaba los 25-30 años.

Los generales ambiciosos, atrevidos, innovadores, amantes del riesgo y con una personalidad abrumadora, son los que obtuvieron mayores éxitos. Destacaremos a los 10 generales que consideramos más importantes, de este periodo histórico, por conseguir los mayores logros en el campo de batalla, mayor innovación en la organización de ejércitos y mayor repercusión en la historia.

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Temístocles (525-460 a.C.)

Prolífico general ateniense, Temístocles fue uno de los diez generales, conocidos como «strategoi», que combatieron en la decisiva batalla de Maratón, en la primera Guerra Médica. Al término de la guerra, comenzó su carrera política, fue entonces cuando convenció a los atenienses de que necesitaban una poderosa armada, para controlar el mar Egeo o para defenderse de una nueva invasión persa.

Sin lugar a dudas tuvo un papel crucial, gracias a sus victorias navales contra los persas. Temístocles fue un general ávido defensor de la cultura helena. Dirigió con maestría a su pequeña flota de trirrenes, 271 por parte de los griegos, contra 800 de los persas, en la batalla de Artemisio, obteniendo la victoria. Era importante detener a la flota persa que tenía intención de cruzar el estrecho y atacar por la retaguardia a Leónidas en las Termópilas.

En la crucial batalla de Salamina, Temístocles aprovecho su conocimiento de la zona y sus corrientes, para colocar sus trirrenes en la posición adecuada para sacar el máximo partido a su inferioridad, 300 frente a 800 barcos, en un paso estrecho. La victoria fue contundente, siendo el preludio de la decisiva batalla de Platea.

Al finalizar la guerra, Temístocles tomó conciencia de la amenaza que suponía Esparta, hizo reforzar los muros de Atenas, pero su obstinación le costó el exilio, sus socios políticos no daban credibilidad a la amenaza de Esparta. En su exilio en la ciudad de Argos fue implicado en un complot por Esparta, partió encontrando refugio y ofreciendo sus servicios en Persia. Considerado un traidor, su reputación fue rehabilitada tras su muerte.

Filipo II (382-336 a.C)

Macedonia era un territorio muy extenso pero poco habitado, perteneciente al mundo griego. Estado vasallo de la potencia helena de turno o de Persia, con un ejército arcaico y mal organizado, sus reyes tenían unos reinados cortos, la causa de la muerte más común era el asesinato. Hasta que llegó Filipo II, hijo de Amintas III, en esa época era costumbre de que cuando un reino, quería mantener una buena relación con otro, se solía enviar algún miembro de la línea sucesoria en calidad de rehén.

Este era el caso de Filipo II, que fue enviado con 9 años a Tebas por Ptolomeo, amante de su madre Eurídice y regente. Tutelado por el flamante general tebano Epaminondas, del cual recibió formación e instrucción militar. Enseñanzas que no dudó en poner en práctica cuando se proclamó rey de Macedonia a los 22 años, tras la muerte de su hermano Pérdicas III y librarse a su vez de los rivales que aspiraban como él a ocupar el trono en el año 357 a.C..

Tras extender su territorio, venciendo con gran habilidad a los estados vecinos, creó la liga de Corinto con todos los estados griegos excepto Esparta, para confirmar su dominio en toda Grecia. Con el objetivo de crear un ejército bajo su autoridad, para invadir Persia. Conformaría un disciplinado y organizado ejército de súbditos, compuesto por una caballería pesada y otra ligera, infantería ligera, más la falange que sería el grueso del ejército, armados con largas lanzas llamadas sarisas, formaría un muro infranqueable por todos los costados. Además añadió un gran equipo de ingenieros y constructores, para desarrollar y construir máquinas de asedio, además de todo tipo de edificaciones esenciales para una campaña militar.

Tras su asesinato, su hijo Alejandro III, más conocido como Alejandro Magno (El grande), heredó este poderoso ejército, considerado el mejor de la antiguedad, con el que conquistó Persia y buena parte de la India, logrando mucho más de lo que su padre había soñado conseguir.

Alejandro Magno (356-323 a.C)

Alejandro Magno es considerado, y no sin motivos, el general de mayor éxito y con mayor repercusión, que la humanidad ha conocido. Hijo de Filipo II, recibió la mejor formación militar posible e intelectual de la mano del mismísimo Aristóteles. Sucedió a Filipo II tras su muerte, heredando el trono, incluyendo un imponente y disciplinado ejército, el mejor de su época y de buena parte de la edad antigua.

Comandó su ejército en la conquista de Persia, donde libró épicas batallas, siempre en pasmosa inferioridad frente a los persas. En las batallas que afrontó empleó sublimes estrategias, en ocasiones jugándose todo a una carta. En la batalla del río Gránico a punto estuvo de perder la vida en combate, en la batalla de Issos utilizó las condiciones del terreno para sacar partido a su inferioridad númerica, en Gaugamela las tropas persas se estrellaron contra una delgada línea de falange, armada con sus largas sarisas, para posteriormente atacar con su caballería ligera en diagonal, dirigiéndose directamente hacia Darío III para tratar de asestar un jaque mate definitivo.

Dario III huyó de la misma manera que hizo en Issos, dejando abiertas las puertas de Babilonia. No menos destacables fueron los despliegues de ingeniería empleados en los sitios de Tiro y Gaza, además de su entrada triunfal en Egipto, donde fue aclamado como un dios, y proclamado faraón. Su última batalla fue en Hidaspes, contra el rey Poros y sus temidos elefantes, conseguir la victoria le costó a Alejandro un gran número de bajas. La campaña en la India fue más dura de lo esperado, este hecho marcó un punto de inflexión en sus tropas, que se atrevieron a decir basta a su rey, para regresar a sus casas, poniéndole fin al sueño de alejandro Magno.

Como castigo, según los historiadores, hizo regresar a sus tropas atravesando el desierto de Gedrosia, el camino a priori más corto, perdiendo según diversas fuentes, hasta la mitad de sus tropas. A su regreso se instaló en Babilonia donde murió de unas fiebres, se cree incluso que pudo ser envenenado. Sus diádocos se repartieron los territorios conquistados, tras numerosas guerras entre ellos.

Pirro (318-272 a.C.)

Pirro fue uno de los mejores generales de su época, colisionó con Roma que comenzaba su expansión. Intentó imponer la hegemonía de Epiro en el mundo griego y en buena parte del mediterráneo. Logró extender el territorio de Epiro a través de Macedonia y Tesalia, además de parte de Sicília. Fue un guerrero incansable durante todo su reinado, mantuvo guerras prácticamente contra todos los estados destacados de la época, por mencionar algunos como Roma, Esparta, Cartago o Macedonia.

En el año 280 a.C., la ciudad estado de Tarento, aliada de Epiro, solicitó ayuda al experimentado rey y general, curtido en decenas de batallas victoriosas, para combatir contra Roma, la cuál le había declarado la guerra, era una gran oportunidad para Pirro de expandir su hegemonía en Italia, dando comienzo a las conocidas como Guerras Pírricas.

Su primera gran batalla contra los romanos fue conocida como la batalla de Heraclea, los romanos tenían intención de avanzar y atacar primero, por lo que Pirro no tuvo más remedio que plantar batalla sin haber conseguido todavía reunir suficientes efectivos, en la batalla llegó a utilizar 20 elefantes, los cuales llegaron a ser determinantes en la victoria final, al finalizar la batalla el ejército de Pirro sufrió perdidas muy considerables, aunque inferiores a las romanas, Pirro consideraba que no jugaba en casa, por lo que sería harto complicado reponer las bajas sufridas, a diferencia de los romanos. Por lo que pronunció al finalizar :

«Otra victoria como esta, y tendré que regresar a Epiro solo»

Después de la batalla de Heraclea, consiguió que se unieran a su causa y la de Tarento, varios pueblos de la región que no querían ser sometidos por Roma, se trataba de brucios, lucanos y samnitas, Pirro comenzó su marcha hacia Roma, pero cuando se encontraba a 35 km. de sus murallas, recibió la notícia de que Roma había firmado una tregua con los itálicos, por lo que decidió regresar a Tarento.

Un año después se reemprendió la guerra, dando lugar a la batalla de Ásculo, las tropas griegas de Pirro asumieron de nuevo el papel protagonista de la guerra, una vez más obtuvo una brillante victoria, pero consideró que sus pérdidas eran muy elevadas e irremplazables, por lo que dijo otra célebre frase: «¡Otra victoria como ésta y estaré vencido!». Tras las batallas de Heraclea y Ásculo, a las victorias con un alto coste se las denomina, victorias pírricas. Después de esto y ante la imposibilidad de recibir refuerzos, optó por firmar una tregua con Roma, sin saberlo, estuvo cerca de poner de rodillas al que en el futuro próximo, sería el imperio más destacado de la edad antigua.

«¡Otra victoria como ésta y estaré vencido!»

Pirro se dirigió a Sicilia para comenzar una nueva campaña, en principio más factible, al inicio tuvo grandes logros frente a su nuevo enemigo, los cartagineses, pero su carencia de recursos le obligó a regresar a la península itálica. Los romanos al considerar a Pirro como una nueva amenaza, armaron un éjercito para combatirle en la que fue la batalla de Benevento, aplastando definitivamente a Pirro. El rey decidió regresar a Epiro, donde no tardó en iniciar nuevas campañas, una contra Macedonia y otra contra Esparta, sin obtener demasiado éxito. Esto no era suficiente para un rey tan belicoso, así que atendió un requerimiento para derrocar a un gobernante en la ciudad estado de Argos, lugar donde encontró la muerte en combate.

Aníbal Barca (247-183 a.C.)

Hijo del gran general cartaginés, Amílcar Barca, al que acompañó siendo muy joven, en una campaña en Hispania, con el fin de recaudar tributos para pagar la penalización de Roma sobre Cartago, tras su derrota en la primera Guerra Púnica, ganó batallas memorables.

Aníbal a los 25 años, tras la muerte de su padre y del asesinato de su cuñado Asdrúbal el Bello, tomó el control del ejército. Terminó de pulir unas tropas multiétnicas, formadas principalmente por regulares cartagineses, íberos, galos, libios y por la poderosa caballería númida, 38 elefantes completaban su ejército.

Quiso sorprender a los romanos, en una épica marcha, cruzando los Alpes, aunque esto le costase un gran número de bajas. Después le siguieron las batallas de Tesino, Trebia, Lago Tresimeno, Pantanos de Plestia, Ager Falernus, Geronio, Cannas, batalla en la que rodeó en una audaz maniobra a 16 legiones, (70.000 muertos), masacrándolos por completo, Cumas y Nola.

Pero Aníbal no era perfecto, le ocurría como a Pirro, sabía ganar batallas, pero no una guerra, no supo ganarse la alianza de otros pueblos de la península itálica, y no encontró la manera de asediar las murallas de Roma. Consciente de ello Publio Cornelio Escipión, su gran rival, decidió responderle con la misma moneda, llevar la guerra a Hispania y a la mismísima Cartago.

Aníbal Barca no tuvo más remedio que regresar a Cartago, para ser derrotado en la batalla de Zama. Más tarde tuvo que refugiarse en el reino seléucida de Antíoco III, enemigo de Roma, pero tras una serie de derrotas, tuvo que volver a huir al reino de Bitinia, donde al encontrarse acorralado y a punto de ser entregado a los romanos, decidió suicidarse tomando un veneno, que según la leyenda, tenía guardado en un anillo.

Escipión el Africano (236-183 a.C)

Publio Cornelio Escipión apodado el Africano, después de su victoria sobre Aníbal en la batalla de Zama, al cual debe buena parte de su fama y éxito. Con 18 años participó a las ordenes de su padre en la batalla del Tesino contra Aníbal, con la consecuente derrota romana. Participó también en la humillante derrota de la batalla de Cannas.

En el año 211 a.C., fue nombrado general y enviado a Hispania pese a su juventud, 24 años, pero la precaria situación de Roma en ese momento, lo exigía. Se le ordenó mantener una posición defensiva en el noreste de Hispania, pero desobedeció la orden, y se lanzó a la invasión de la Hispania cartaginesa, conquistando su principal bastión, Cartago Nova en el 209 a.C., prohibió el saqueo y la vida de sus ciudadanos.

Este hecho inclinó la balanza hacia el lado romano, consiguió que los pueblos íberos cambiasen de bando. En el 208 a.C., derrotó a Asdrúbal Barca en la batalla de Baecula, y dos años después en el 206 a.C., aplastó a los cartagineses en la batalla de Ilipa, poniendo fin a la presencia de Cartago en Hispania. Con la intención de llevar la guerra a África, Escipión obtuvo una importantísima alianza con Númidia, aliada de Cartago.

A su regreso a Hispania tuvo que sofocar una revuelta y un motín entre sus tropas, regresando a Roma en el 206 a.C., finalmente en contra del senado, organizó un ejército que desembarcó en Cartago, contando con el apoyo de los númidas. Aníbal se vió obligado a regresar a Cartago para tratar de liberarla. En el año 202 a.C., se produjo la decisiva batalla de Zama. En clara inferioridad númerica, Escipión derrotó a Aníbal, poniendo fin a la segunda Guerra Púnica.

Cayo Mario (157-86 a.C.)

Considerado el tercer fundador de Roma, era de origen plebeyo, pero tenía conexiones con la nobleza. Cayo Mario comenzó su carrera militar en Hispania, participando en el sitio de Numancia, ascendió rápidamente en el ejército. Contrajo matrimonio con Julia, una tía de Julio César, gracias a ello, impulsó su carrera política.

Llegó a ser Cónsul 7 veces a lo largo de su vida, como general venció a los númidas, capturando a su rey, y aplastó la invasión de Cimbrios y teutones, en las batallas de Aquae Sextiae en el 102 a.C.(Francia), y en Vercellae en el 101 a.C.(Italia), obteniendo así sus mayores logros militares.

Pero el mayor éxito de Cayo Mario, lo obtuvo en la reforma del ejército, y que tantos triunfos daría al futuro imperio romano. Un ejército formado por soldados profesionales, sin tener en cuenta su posición social, a diferencia de lo que sucedía hasta entonces, cuando los soldados debían tener cierto estatus patrimonial.

Dotó a Roma de un poder militar y logístico sin precedentes, podían perder una batalla, pero dispondrían de otro ejército en cuestión de pocos días, bien adiestrados y listos para la batalla. Su legado ayudó a Julio César a conquistar la Galia, para posteriormente convertirse en Imperator (General victorioso) y dictador hasta el final de sus días.

Lucio Cornelio Sila (138-78 a.C.)

Notable general y político romano, llego a ser dictador entre los años 81-79 a.C., se labró una gran reputación junto a Cayo Mario en la guerra de Jugurta contra los númidas, y frenando la invasión de cimbrios y teutones. Su rivalidad con Cayo Mario, por controlar el ejército, le llevó a marchar sobre Roma, tomando el control por la fuerza, dejándolo en manos de los cónsules, Cneo Octavio y Lucio Cornelio Cina.

Con el ejército bajo su control comenzó la primera guerra mitridática, con el objetivo de frenar la expansión del reino de Pontos, con Mitrídates IV al frente. Venciéndole en las batallas de Queronea (86 a.C.), y Orcómeno (85 a. C.), donde llegó a luchar con bravura como un legionario más, lo que alentó a sus tropas para conseguir la victoria final y definitiva sobre los pónticos.

A su regreso se desató una guerra civil entre los bandos de los optimates, a los que lideró Sila, y los populares, dirigidos por Cneo Papirio Carbón y Cayo Mario el Joven, venciéndoles, siendo elegido como dictador, cargo que ocupó durante tres años, el tiempo que estimó necesario, para luego dimitir y retirarse a su casa de campo hasta el día de su muerte.

Julio César (100-44 a.C.)

Julio César nació en el seno de una noble família patricia, los Gens Julia. Ascendió en su carrera militar y política hasta llegar a formar parte del triunvirato, junto a Marco Licinio Craso y Cneo Pompeyo Magno. Al ser nombrado procónsul de la Galia, tomó la decisión de conquistarla por completo. Julio César era muy hábil para elegir a sus aliados pero también sabía elegir sus enemigos.

Hacia buen uso de sus virtudes diplómaticas, políticas y militares, utilizando cada una a su debido momento, no le temblaba el pulso si debía mostrar crueldad, pero tampoco eludía la compasión, como cuando perdonó la vida a los habitantes de Alesia, después de que Vercingétorix se lo suplicase. Supo ganarse el respeto de sus legiones, ganando con ello una lealtad inquebrantable.

Se labró un ejército experimentado y disciplinado, capaz de improvisar y actuar debidamente, tal y como sucedió en la batalla del río Sambre (57 a.C.), cuando las tribus belgas dirigidas por Bodugnato, sorprendieron a Julio César mientras montaba el campamento, condenados a priori a sufrir una terrible derrota, hicieron frente a las huestes belgas, con muchos legionarios prácticamente sin uniformar. Se autoorganizaron sin importar a que unidad pertenecía cada soldado, logrando una victoria contundente.

En el año 52 a.C., consiguió su victoria definitiva contra Vercingétorix, sorprendiéndole mientras organizaba un ejército con el que hacerle frente, en el conocido como sitio de Alesia. Vercingétorix creyó que los romanos fracasarían en un asalto en Alesia, así que concentró a todos sus hombres en el interior de la ciudad. Julio César evitó tal asalto, sitiando la ciudad cercándola, levantando primero una empalizada a gran velocidad, para que nadie pudiera salir, después levantó una segunda empalizada creando un segundo cerco, para protegerse de la llegada de refuerzos galos.

Construyeron fosos, trampas y sembraron el suelo cercano a las empalizadas de afiladas púas, como si de un campo de minas se tratara. Finalmente hicieron claudicar al caudillo galo, ante la imposibilidad del mismo de romper el cerco al que había sido sometido. Julio César culminó su grandeza con su victoria sobre Pompeyo en la batalla de Farsalia (48a.C.), con unas tropas inferiores en número pero superiores en experiencia, disciplina y lealtad. La preparación de sus tropas le facilitaron la creación de una exquisita estrategia, con las que desmoronó a las tropas de Pompeyo.

Atila (395-453 a.C.)

Antes de que Atila se proclamara rey, los hunos eran un conjunto de tribus desunidas, procedentes de las estepas de Asia central. Invadieron el este de Europa en el siglo IV d.C., rápidos a caballo y equipados con sus arcos invertidos eran realmente mortíferos. Arrasaron por completo algunos de los pueblos bárbaros, sometiendo y exigiendo tributo al resto.

Esto propició que los llamados pueblos bárbaros, iniciaran su empuje sobre el imperio romano, propiciando su futura caída. La llegada de Atila al trono de los hunos, no hizo más que aumentar esa presión. En el año 432 el rey Rua unificó a los hunos bajo su mando, a su muerte en el 434, el trono se repartió entre sus sobrinos Atila y Bleda, ambos hermanos. Juntos iniciaron una serie de invasiones exitosas, primero sobre el imperio romano de oriente y después sobre el de occidente.

Estas invasiones obligaron a ponerse de rodillas a los imperios de oriente y occidente, exigiéndoles tributo. Ya como rey único de los hunos a la muerte de Bleda, Atila invadió Italia en el 452, cerca estuvo de provocar la caída definitiva de Roma, pero según la leyenda, el Papa León I le hizo desistir a orillas del río Po. Aunque según diversas fuentes, fue una epidemia entre sus tropas lo que hizo desistir a Atila. A su muerte los hunos terminaron por disolverse y ser expulsados de Europa. La fama de violento, cruel y despiadado de Atila perdurará para siempre, aunque esto sea motivo de discusión.

1 Comentario

  1. Eurocentrismo por todos lados, ni un general chino o de india, o cualquier otro punto del globo, tanto en ésta como en la otra lista. Solo generales que han tenido que ver con la historia de europa de una u otra manera. No digo que esté mal, digo que se puede mejorar.

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